Ecuador: más de 800 días de estado de excepción y la violencia que no cede

Ecuador supera los 800 días con estados de excepción y la violencia sigue alta, pese a operativos, militarización y ajustes de medidas.
La cifra de días bajo estado de excepción en Ecuador ya no parece impresionar al crimen organizado: la violencia continúa y se mueve.
Con más de 835 jornadas consecutivas bajo esta figura, y con una militarización marcada desde 2024 tras la declaratoria de conflicto interno armado, el país mantiene una estrategia de choque contra el crimen organizado.. Sin embargo, 2025 cerró con la tasa de homicidios más alta registrada, una señal que vuelve frágil la idea de que el control se está consolidando.
En este contexto, la discusión ya no es solo sobre cuántos operativos se realizan, sino sobre qué cambia realmente sobre el terreno y por cuánto tiempo.
Los datos que hoy circulan en torno a la política de seguridad también reflejan actividad estatal: más decomisos, extradiciones y acciones contra estructuras criminales.. El propio ritmo de esa respuesta, pese a su intensidad, no logra disipar una sensación recurrente de insuficiencia, como si la ofensiva encontrara límites antes de alcanzar efectos sostenidos.
Mientras tanto, el narcotráfico mantiene su capacidad de adaptación. En lugar de desaparecer, busca rutas alternativas hacia sus mercados y reacomoda su funcionamiento cuando las condiciones se endurecen.
La clave aquí es entender que la adaptación del crimen suele ser más rápida que la corrección de estrategias, especialmente cuando la atención se concentra en el corto plazo.
El debate se volvió aún más visible con la aplicación de toques de queda en provincias como Guayas, El Oro, Los Ríos y Santo Domingo.. Allí se reportaron muertes violentas cercanas a las del periodo previo, lo que deja una lectura incompleta: la medida pudo alterar el ritmo, pero no frenó el problema de fondo.
Además, una parte importante de los homicidios ocurre históricamente en franjas horarias específicas. Al ajustar el control, el crimen organizado no necesariamente se extingue: puede cambiar de horarios y trasladar la violencia al día, como si probara la elasticidad del sistema.
En términos prácticos, esto importa porque cuando la política se enfoca en los efectos visibles, el fenómeno puede aprender a moverse en el margen que queda.
En medio de este escenario, Misryoum recoge una visión que incomoda pero se mantiene vigente: los Estados y sus instituciones suelen estar diseñados para detectar amenazas externas, no para investigarse a sí mismos.. Indagar redes internas de corrupción o complicidades, según esta postura, tiene costos políticos y burocráticos que no siempre compensan en el corto plazo.
En el extremo, revelar dinámicas internas puede activar un efecto dominó que altere equilibrios de poder. Esa tensión, más que una anécdota, ayuda a explicar por qué la seguridad puede avanzar en operativos y resultados parciales, pero seguir sin lograr una disminución persistente de la violencia.