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Pedalear a Sudáfrica: 20.150 kilómetros superando miedos

A veces, la mejor forma de descubrir hasta dónde eres capaz de llegar es, simplemente, empezar a pedalear. Sin saber exactamente qué habrá al final del camino, Wiebke Lühmann decidió recorrer África en bicicleta y dejar que cada kilómetro le enseñara algo nuevo. Lo que comenzó como un enorme desafío terminó convirtiéndose en un viaje de más de 20.000 kilómetros en el que también tuvo que enfrentarse a sus propios miedos. Su aventura comenzó en Friburgo, Alemania, desde donde Wiebke puso rumbo al sur con

una bicicleta cargada de equipaje y muchas más dudas que certezas. Durante 15 meses atravesó países, desiertos y carreteras interminables hasta alcanzar Ciudad del Cabo, acumulando unos 20.150 kilómetros. Por el camino, tuvo que adaptarse a condiciones muy distintas, aprender a viajar con lo imprescindible y descubrir que muchas de las situaciones que más temía antes de partir no eran como las había imaginado. Al principio llevaba alrededor de 40 kilos de equipaje, pero pronto entendió que cada objeto añadido suponía más esfuerzo durante el

camino. En Guinea decidió enviar a casa el ordenador y una cámara grande, unos diez kilos de aparatos que le permitieron viajar más ligera. “Necesitas mucho menos de lo que crees”, explica Wiebke en declaraciones recogidas por el medio alemán Tagesspiegel. Para ella, viajar con menos peso no solo hacía más fácil pedalear, sino que también reducía la carga mental de tener que cuidar de cada objeto. El recorrido no fue precisamente una sucesión de paisajes espectaculares y carreteras tranquilas, ya que en el Sáhara

tuvo que enfrentarse a tormentas de arena y fuertes vientos en contra. Una mañana incluso creyó que le habían robado la bicicleta después de despertarse y no encontrarla junto a su tienda. En realidad, el vigilante del restaurante donde había pasado la noche la había guardado dentro para protegerla. Allí comprendió que muchas de las personas a las que temía antes de conocerlas acabaron ayudándola. También hubo momentos en los que estuvo a punto de abandonar. En Liberia, la lluvia y el barro hicieron que

avanzar se convirtiera en una tarea agotadora. Más adelante, después de unos 15.000 kilómetros, llegó al Congo exhausta y todavía tenía miles de kilómetros por delante, por lo que se tomó unos diez días de descanso antes de continuar. “Cuando te das cuenta de que es posible, te vas haciendo más fuerte poco a poco”, resume la mujer sobre esa capacidad de afrontar cada dificultad como un tramo independiente. Además, durante el trayecto descubrió que viajar sola no significaba necesariamente estar aislada. Compartió algunos tramos

con otros ciclistas y entabló amistades que se prolongaron durante miles de kilómetros, aunque después cada uno siguiera su propio camino. También dependió en numerosas ocasiones de la ayuda de desconocidos para encontrar agua, comida, alojamiento o información sobre las carreteras. Al llegar a Sudáfrica, la aventura había dejado de ser únicamente un reto físico. Su viaje no buscaba batir ningún récord, sino que quería conocer el mundo a un ritmo que le permitiera detenerse, observar y relacionarse con quienes encontraba por el camino. Y

después de 20.150 kilómetros, 136.000 metros de desnivel y casi diez meses efectivos sobre la bicicleta, terminó demostrando que somos capaces de cualquier cosa que nos propongamos.

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