Jane Fonda resucita el Comité y exige salario digno

Pero su vida ya comenzó siendo extraordinaria. Fonda, nepo baby pionera por antonomasia, predecesora de titánides como Liza Minnelli, Carrie Fisher o Jamie Lee Curtis, es hija de la socialite canadiense Frances Ford Seymour y el legendario actor Henry Fonda. El 22 de diciembre de 1937 una nota escueta del periódico californiano The Record anunciaba así su nacimiento, acontecido el día anterior: “Henry Fonda, la estrella de cine, se convirtió hoy en un orgulloso padre, pero eso fue apenas la mitad de la historia. La
otra es que la bebé nació por cesárea”. Con ella se inició la estirpe de los Fonda, cuyo legado de activismo y savoir faire en el mundo de la actuación ya abarca tres generaciones: sus hijas, la directora Vanessa Vadim y la escritora Mary Luana Williams, son dos reputadas activistas, y su hijo, el también activista Troy Garity, es actor, así como lo fue su sobrina, Bridget Fonda. Una estirpe atravesada por su tragedia fundacional: Fonda perdió a su madre a los 12 años. Su
hermano, el también actor Peter Fonda, tenía 10. Se le había diagnosticado un trastorno bipolar y se encontraba ingresada en un hospital psiquiátrico cuando se suicidó. En 2014, Jane Fonda reveló en The Washington Times que su madre había sufrido abusos sexuales desde que tenía ocho años y había tenido nueve abortos antes de que ella naciera. Dijo que “todo encajó” una vez lo supo. Después de abandonar la universidad en un gesto de rebeldía, Jane financió su formación como actriz en el Actor’s Studio
con un breve paso por el mundo de la moda que dejó tras de sí dos portadas de la edición estadounidense de Vogue, ambas captadas por la lente de Irving Penn, en el número de julio de 1959 y el de enero de 1960. Sus primeros pasos, como los de tantas otras leyendas presentes, pasadas y futuras, se forjaron en los escenarios de Broadway. No tardó en obtener reconocimiento: su primera película, Me casaré contigo, le valió su primer Globo de Oro de los ocho
que acumula, concedido a la actriz revelación de 1962. Pero si algo terminó de consagrarla tras el éxito del filme La ingenua explosiva fueron su segunda película con Robert Redford, Descalzos por el parque (1967), y protagonizar la fantasía de erotismo kitsch que trasladó el lenguaje sartorial de Paco Rabanne al cine: Barbarella. Su década de los 70 estuvo marcada no solo por el protagonismo de un activismo que inició a finales de los 60, sino también por los dos Oscar de su carrera: el
primero por Klute, en 1972, y el último (de momento) por El regreso, en 1979. La de los 80, por su transformación en magnate del fitness y productora de éxito y el cierre de un círculo: el de poder actuar, al fin, con el padre cuya aprobación se pasó toda su vida buscando. Y, de paso, firmar una de sus mejores producciones y actuaciones con la ayuda de una mentora inesperada: Katharine Hepburn, cuyas primeras palabras hacia ella fueron “no me caes bien”, pero de
quien consiguió ganarse el respeto haciendo, como ella en su día, sus propias acrobacias sin una doble. Y quien logró, a su vez, sonsacarle la escena más emocionante de la película, compartida entre padre e hija, animándola escondida tras un arbusto. Cinco meses después del estreno de El estanque dorado, Henry Fonda falleció. Sería injusto obviar la importancia de las amigas que llevan buena parte de su vida acompañándola. Como Lily Tomlin, cuya excelente e interesantísima carrera lleva contribuyendo a impulsar desde que en 1980
dijo que no haría Cómo eliminar a su jefe sin ella. O la también doblemente oscarizada Sally Field, que la considera su mentora. En los últimos años, ya sea con Book Club, que al fin la unió con su admirada Diane Keaton; con Locas por Brady, coprotagonizada junto a sus dos amigas del alma y Rita Moreno, o la sitcom de siete temporadas Grace and Frankie, la amistad entre mujeres maduras, disfrutando juntas del crepúsculo de sus vidas, constituye el núcleo de la mayoría de
los proyectos que protagoniza —y, en ocasiones, produce—. Su defensa de los derechos civiles y su abierto posicionamiento contra la guerra de Vietnam le valieron el sobrenombre, en un principio a modo de insulto, de Hanoi Jane. A lo largo de su vida la intérprete no ha dudado en abrazar todas las causas que considera justas. A la lucha por la soberanía indígena o el apoyo a los Panteras Negras —su hija adoptiva, Mary Luana Williams es hija biológica de dos de ellos— se fueron
sumando su posicionamiento feminista, abiertamente transinclusivo desde los años 2000, y su amparo a la comunidad LGTBIQ+ desde tiempos finales de los 70. “¿Da miedo la situación en España, tenéis los mismos problemas que nosotros en Estados Unidos?”, me pregunta en un momento de la conversación. La oposición a la guerra de Irak y, más recientemente, a la de Irán, así como su actual pronunciamiento contra el genocidio palestino —con sus idas y vueltas a lo largo de varias décadas—, contra el cambio climático y
sus ya icónicas detenciones frente al Capitolio en los últimos años y, desde septiembre de 2024, su lucha contra la IA, jalonan un currículum de activista casi tan completo como el de actriz. Por si fuera poco, hace unos meses resucitó el histórico Comité de la Primera Enmienda, fundado por trabajadores del cine en plena lucha contra el macartismo, para defender la libertad de expresión. Entre los miembros del comité original, además de su padre, se encontraban figuras de la talla de Bette Davis, Katharine
Hepburn, Lauren Bacall y Humphrey Bogart. Al nuevo se han adherido estrellas como Pedro Pascal, Barbra Streisand, Billie Eilish, Anne Hathaway o Spike Lee. En nuestra charla, se interesa por la situación política de España y me pregunta cuál es el salario mínimo. “Tenemos una situación similar en Estados Unidos. Hace poco le pregunté a una ejecutiva de un gran estudio cómo podemos volver a reconstruir Hollywood y me dijo: ‘No podemos, no hasta que los trabajadores se puedan permitir vivir en Hollywood’. Allí te
cobran 3.500 dólares al mes por un apartamento de una habitación sin amueblar. ¡Así no hay quien pueda! Así que estamos luchando por conseguir el salario mínimo de 25 dólares por hora, pero eso es lo mínimo que la gente necesita para vivir en una ciudad como Los Ángeles”, denuncia. —Buenos días, tiene un aspecto espléndido. —Muchas gracias. —¿Qué tal está? ¿Cómo lleva el jet lag? —No preguntes [ojos en blanco]. —De acuerdo, vayamos al grano: Lights on Women’s Worth lleva seis ediciones impulsando el
trabajo de las cineastas jóvenes. Como feminista comprometida desde hace muchos años, ¿cómo se siente con respecto a este premio y el hecho de que siga siendo necesario? —Creo que es muy importante. Las mujeres son mayoría en el mundo y las cosas nos afectan de manera diferente, respondemos de manera distinta a la guerra, la pobreza, la crisis climática… A todo. Y si no podemos contar nuestra versión de la historia, eso significa que las mujeres, como espectadoras, van a sentir continuamente: “No estoy
representada. Será que no soy importante”. Por eso es fundamental la labor de incentivar a las cineastas jóvenes; tanto como el eslogan “Porque tú lo vales”. Vaya si lo es. —Ya han pasado 20 años desde que empezó a colaborar con L’Oréal París. ¿Cómo ha influido en su relación con la belleza? —Bueno, he aprendido un montón sobre lo que me pongo en el rostro y en el cabello. De hecho, visité sus fábricas: no hacen pruebas en animales ni utilizan todas esas cosas malas.
Se nota la diferencia. —Es usted un símbolo de cómo saber envejecer tanto por dentro como por fuera, con buena salud y un gran sentido del humor. ¿Qué le parece la idea de belleza que se estila ahora que estamos en un momento de tanta homogeneización, en el que mucha gente aspira a tener el mismo aspecto? —Supongo que te refieres a que todo el mundo se parezca a Kim Kardashian. —Me refiero a intentar tener un tipo particular de aspecto (y de peso). —No
me gusta en absoluto. Viví durante casi nueve años en Francia, y fue ahí donde descubrí la belleza de sus mujeres. Todas ellas tienen un aspecto diferente y no temen hacerse mayores, hay una cierta désaveu [“desaprobación”] así que… No, no me gusta esa homogeneización. Todo el mundo lleva las cejas como si se hubiesen puesto una plantilla [ríe]. Sí, no está para nada bien. La gente debería tener su propio aspecto y no tratar de cambiarlo. —¿Qué estrella de la nueva hornada hollywoodiense le
parece más inspiradora? —Diría que Zendaya, Elle Fanning, Timothée Chalamet… —¿A pesar de lo que ha dicho sobre el ballet? —Sí, aún es joven [ríe]. —Hablando de declaraciones polémicas: en los Actor Awards 2025 (antes SAG Awards), usted se hizo eco del sentir de muchos, jóvenes y no tan jóvenes, al dar una definición de woke con la que la mayoría puede identificarse: que solo significa “que te importan los demás”. ¿Le gustaría añadir algún apéndice? —Entiendo perfectamente por qué un dictador, un autoritario, querría
demonizar o hacer pasar por mala la empatía, el que te importen los demás o defiendas los buenos valores… Pero tenemos que aferrarnos a nuestra convicción de que lo único que importa en la vida es la bondad y la amabilidad, el preocuparnos por los demás, aunque no estemos de acuerdo con ellos. Sabemos que tenemos que apoyarnos mutuamente y tratarnos bien. Debemos entender que alguien como Donald Trump, que nos dice que interesarse por nuestros congéneres es algo malo, es digno de lástima. Algo
malo ha tenido que sucederle para pensar así. Esa gente no está bien. —De hecho, muchos de sus últimos proyectos abordan la idea de la familia elegida. En concreto, de una formada por amigas envejeciendo juntas. ¿Estaban en lo cierto Las chicas de oro? —Sí, creo que sin duda lo estaban. Las amistades entre mujeres son muy distintas a las de los hombres. Fíjate en esta metáfora: ellos quedan para ver algo juntos, ya sea un partido, una carrera, las mujeres que pasan por delante.
Nosotras nos ponemos unas frente a las otras, nos miramos a los ojos y no tememos decir: “No sé qué hacer. Necesito ayuda. Dame un abrazo”. Las mujeres pedimos ayuda, a los hombres se les enseñó que no necesitan hacerlo. Tenemos que educar a los jóvenes de manera que no tengan miedo a mostrarse vulnerables. Es más, eso los haría mucho más fuertes. —En La corresponsal, el próximo proyecto que produce y protagoniza, interpreta a la protagonista de la novela. ¿Qué le atrajo de este
personaje? —Es un libro maravillosamente bien escrito. Profundo, sutil, universal… Siento que nací para interpretar este papel, y estoy muy agradecida de poder hacerlo. —No se puede trasladar ese tipo tan particular de camp. —Exacto, pero me encanta su cine. —¿Le gustaría volver a intentarlo, protagonizar alguna de sus futuras películas, ahora que también las rueda en inglés? —Ay, pues claro. Me encantaría trabajar con Pedro. ¿Quién sabe? Mantengamos la esperanza.
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