La pequeña eternidad del arte que acompaña

Hace unos días recibí la muy grata visita de mi amiga Ruby Romero, hija del maestro Aldemaro Romero, quien llegó a Buenos Aires desde Miami para pasar unos días por estas tierras. Después de un abrazo que, sinceramente, no duró lo suficiente para el cariño que nos tenemos, nos sentamos a tomar café y a conversar largamente. Hablamos de su padre, de su personalidad, de anécdotas divertidas, de recuerdos entrañables y, por supuesto, del enorme legado que dejó a Venezuela y al mundo entero. Y
mientras la escuchaba, confirmé una vez más una idea que siempre me ha impresionado profundamente: los artistas jamás se van. El cuerpo desaparece, sí. La voz se apaga. Pero hay seres humanos que encuentran una manera extraña de permanecer. Y casi siempre lo hacen a través de su obra. Uno escucha una grabación o lee una partitura, en este caso de Aldemaro Romero y, de algún modo, allí sigue estando él. No físicamente, claro, pero sí emocionalmente. Sigue allí su sensibilidad, su humor, su manera
de entender la armonía, su forma de mirar el mundo. Lo mismo ocurre cuando escuchamos a Astor Piazzolla, a The Beatles, a Simón Díaz o a Freddie Mercury. No importa si no tenían la técnica adecuada estandarizada; lo conversaba el otro día con mi amigo, el hechicero, Diego. Dejaron su sello, su impronta. Sabemos perfectamente que ya no están físicamente entre nosotros, y sin embargo continúan apareciendo cada vez que alguien presiona play, abre un libro o una partitura. Eso tiene algo profundamente conmovedor. Los
escritores también renacen cada vez que alguien abre uno de sus libros. Rómulo Gallegos respira cada vez que Doña Bárbara vuelve a cruzar los llanos venezolanos en la imaginación de un lector. Julio Cortázar reaparece cada vez que alguien descubre a Oliveira caminando por París. Los poetas regresan cuando alguien pronuncia sus versos en voz alta. Y hasta los actores parecen desafiar un poco a la muerte: basta abrir una plataforma digital para volver a ver a Robin Williams sonriendo, a Marlon Brando actuando o
a Cantinflas haciendo reír otra vez. Es extraño pensarlo. Es extraño comprenderlo. Vivimos en una época donde en la que podemos convivir diariamente con personas que ya no existen físicamente. Escuchamos sus voces, vemos sus rostros, repetimos sus frases, repetimos sus canciones. A veces incluso olvidamos que murieron hace muchos años. Quizás por eso el arte tiene algo de pequeña eternidad. Y es que una obra artística logra algo que muy pocas cosas consiguen: seguir generando emociones mucho después de la desaparición física de quien
la creó. Una canción puede seguir acompañando a enamorados décadas después de haber sido escrita. Una película puede seguir consolando a personas. Un poema puede seguir ayudando a alguien a atravesar una tristeza. Tal vez allí habite una de las funciones más hermosas del arte: acompañar humanamente a personas que el artista jamás conoció. Pienso mucho en eso cuando veo jóvenes escuchando música compuesta antes de que ellos nacieran. Un muchacho de veinte años emocionándose con una canción de los años setenta. Una adolescente descubriendo
a Queen en Spotify. Un niño viendo películas de Charles Chaplin o números de Les Luthiers y riéndose exactamente igual que se reía la gente hace décadas. Incluso, Michael Jackson sonríe cuando alguien repite su rutina coreográfica de Thriller. Allí ocurre algo extraordinario: el tiempo deja de comportarse normalmente. Dos seres humanos separados por décadas e incluso siglos, logran encontrarse emocionalmente a través del sonido. Uno escribió. Otro toca, canta, escucha o lee. Y durante unos minutos el tiempo parece desaparecer. El arte rompe un
poco la lógica de la muerte. No la elimina, por supuesto, pero la desafía emocionalmente. Permite que ciertas sensibilidades continúen acompañándonos aun después de la desaparición física. Quizás eso también explique por qué los seres humanos sentimos una necesidad tan profunda de crear. Escribimos, componemos, pintamos, actuamos, filmamos… porque en el fondo todos queremos dejar alguna pequeña huella de nuestra existencia. Una frase. Una melodía. Una imagen. Algo que siga diciendo “yo estuve aquí” incluso cuando ya no estemos. Claro que no todas las obras
sobreviven siglos. La mayoría desaparece silenciosamente. Miles de canciones se pierden. Miles de libros dejan de imprimirse. Miles de artistas terminan olvidados. Pero, aun así, durante algún momento, esas obras también acompañaron vidas humanas reales. También hicieron reír, llorar, pensar o recordar a alguien. Y eso ya tiene enorme valor. A veces creemos que la trascendencia solamente pertenece a los genios universales. Pero quizás también exista una forma más íntima y cotidiana de permanecer. Permanecer en la memoria de un alumno. En la melodía que
una familia sigue cantando. En la frase que alguien todavía recuerda. En una canción que continúa sonando en la cabeza de otra persona muchos años después. Porque al final, tal vez el arte no consista solamente en durar para siempre y de manera universal. Posiblemente consista simplemente en seguir acompañando a alguien cuando el otro ya no está.juanpablocorreafeo@gmail.com
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