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“Raza brava”: fútbol, violencia y memoria popular en la nueva serie de Hernán Caffiero

Hernán Caffiero presenta 'Raza Brava', una serie que explora la violencia, la identidad y la memoria de la Garra Blanca en un Chile marcado por la exclusión social.

Tengo todo para escribir, pero me cuesta empezar.. Una buena historia, una entrevista, protagonistas, escenas que siguen dándome vueltas después de días.. Todo.. Y aun así cuesta.. Quizás porque Raza Brava, la nueva serie de Hernán Caffiero, no se deja ordenar tan fácilmente.. Hay obras que uno puede resumir en dos líneas.. Esta no.. Caffiero me invitó a ver la serie Raza Brava en la sede de DeCulto, la productora que fundó después de años

de trabajo audiovisual y una trayectoria marcada por una obsesión: la memoria social de Chile.. No la memoria de bronce, ni la de archivo solemne, sino otra más áspera, que circula en los barrios, en los apodos, en los relatos que se cuentan de boca en boca y rara vez llegan a los libros.. A esa memoria, esquiva para muchos, Caffiero tiene acceso.. Él, Hernán, es un tipo afable.. Conversador.. Analítico.. Habla con la precaución

de alguien consiente del territorio al cual tiene acceso.. Sabe dónde pisar sin caerse.. Es un equilibrista del cine.. Raza Brava podría haber sido una serie sobre violencia en el fútbol.. Un producto de acción, adrenalina y morbo.. Tenía todos los ingredientes para caer en eso: cuchillos, estadio, traición, sangre, Garra Blanca.. Eso hubiese hecho cualquier otro director.. Pero Caffiero, el equilibrista del cine, parece haber entendido algo antes de filmar: si uno mira la

barra de Colo-Colo (y las barras en general) solo desde el escándalo, no entiende nada.. Ve el golpe, no la historia que lo produjo.. Se queda en la mitad de un camino que Caffiero lleva años recorriendo, Caffiero llegó sin cámara a los barrios donde filmó Raza Brava.. Mucho antes de ser director de cine y ganarse un Emmy.. Llegó como hincha, como socio de Colo-Colo desde 1986, como alguien que conoce nombres, trayectorias, heridas

y, sobre todo, códigos.. Cuando finalmente apareció la cámara, no tuvo que pedir permiso como quien llega a saquear una estética.. Ese permiso, de algún modo, ya lo había ganado estando antes de filmar.. Antes de convertir una vida ajena en escena.. Eso explica una de las virtudes más extrañas de la serie: muchos de los garreros no actúan.. Siguen siendo lo que son en el sentido más preciso del verbo.. Porque si, personas que

pertenecieron o pertenecen a la Garra Blanca aparecen en pantalla encarnando algo que no tuvieron que estudiar porque ya lo llevaban en el cuerpo: el gesto, la jerarquía, la forma de mirar cuando hay tensión, la distancia exacta entre la broma y la amenaza.. En algún momento, la serie viaja a 1998 y se detiene en un episodio que hoy parece más vivo en la memoria de los “garreros” que en cualquier archivo: la detención

de cerca de cien hinchas de Colo-Colo en Argentina.. Según el relato que recoge la serie, todo comenzó cuando un grupo de barristas golpeó a policías dentro de una comisaría y terminó ocupando el lugar.. La escena aparece en pantalla y, sentado a mi lado, Mauricio Valenzuela, “El Huaso”, la reconoce de inmediato.. No levanta la voz.. No necesita hacerlo.. Dice casi al pasar: —Así fue.. Nos tuvieron seis horas arrodillados.. No lo dice con

épica.. Tampoco con arrepentimiento teatral.. Lo dice como quien comenta sobre el clima.. Y ahí uno entiende que la serie no trabaja solo con personajes.. Trabaja con memorias vivas.. Con gente que mira la pantalla y reconoce algo propio, aunque ese algo duela o incomode.. Después, entre risas, “El Huaso” cuenta más detalles.. El primer encuentro con los presos de Mendoza, por ejemplo.. —Entré y peleé de una —dice sonriendo.. La frase dura tres segundos..

La risa que la sigue dura menos.. Y en ese instante está toda la paradoja de lo que Caffiero filmó: una violencia que sus protagonistas recuerdan sin drama porque para ellos nunca fue excepcional.. Era el idioma.. Era el clima.. Era lo que había.. ¿Por qué contar esta escena?. Porque Raza Brava no practica lo que Caffiero denomina “extractivismo cultural”.. No hay aquí un explorador de clase media mirando la pobreza como si fuera una

reserva natural de intensidad.. No hay un circo de la marginalidad.. No hay actores imitando a “flaites””.. Hay otra cosa: una voluntad de entrar en un mundo sin limpiarlo, sin romantizarlo y sin condenarlo antes de escucharlo.. Esa es una de las mejores virtudes de la serie: no romantiza.. No idealiza.. No inventa héroes populares para tranquilizar la conciencia del espectador progresista.. Tampoco reduce todo a delincuencia.. Se instala en un lugar más incómodo: muestra

una realidad con sus lealtades, sus miserias, su ternura, su violencia y sus reglas.. Para hacer posible esa autenticidad, los actores profesionales —Gabriel Muñoz, Karla Melo, David Gaete— convivieron casi un año en Bajos de Mena y en el sector El Beta de Pudahuel Sur, uno de los barrios donde el Estado llega tarde y la policía poco.. Ahí aprendieron a moverse sin parecer turistas de la precariedad.. Caffiero cuenta una escena que parece menor,

pero no lo es: Gabriel Muñoz, el protagonista de la serie, se fue con los hinchas de Colo-Colo al estadio y quiso subirse al techo de la micro.. Otro lo frenó.. Le dijo que los “choros” no se suben al techo.. ¿La razón?. Esta: Si hay que pelear, tienen que estar abajo.. Ahí hay una sociología entera.. La barra, vista desde lejos, parece caos.. Vista desde adentro, revela normas, rangos, códigos morales, formas de prestigio

y castigo.. Todo eso aparece en Raza Brava.. La serie, de cuatro capítulos, fue seleccionada en los prestigiosos festivales de cine de Berlín y Guadalajara, el segundo más importante del mundo y el primero de Latinoamérica.. Pero su valor no está en la validación de los festivales, o no solo ahí, sino en algo más difícil de lograr: la textura de verdad.. Raza Brava se mueve en una zona fértil entre la ficción y el

documental.. No representa simplemente la historia de la Garra Blanca.. La contiene.. Es la diferencia entre fotografiar un río y meterse al agua.. Caffiero entiende que la palabra perro no muerde.. El eje narrativo gira en torno a Sándor Voisin, “el Barti” (a quien Caffiero entrevistó).. La imagen del “ Barti” dio la vuelta al mundo en el año 2000.. Entonces apareció cubierto de sangre en medio de la galería tras apuñalar a uno de

sus compañeros de barra.. Lejos del morbo, Caffiero toma esa escena como pregunta: ¿Qué tiene que pasar en un país para que una amistad termine así, a plena luz, frente a miles?. La respuesta que ensaya la serie es más sociológica que policial.. Raza Brava está ambientada entre 1981 y 2000, es decir, entre la dictadura y la transición.. El arco no es un decorado histórico.. Nada de eso.. Es el argumento de fondo que

da forma a los personajes: La Garra Blanca aparece como una comunidad nacida en un país donde demasiados jóvenes quedaron sin instituciones que los representaran.. La escuela no alcanzaba.. El trabajo no llegaba.. El partido político se había ido o ya no hablaba su lengua.. La familia sobrevivía como podía.. El estadio, en cambio, ofrecía algo inmediato: nombre, grupo, bandera, rito, enemigo y pertenencia.. El único lugar donde nadie te pedía currículum, apellido o comuna

de origen.. Y cuando llegó la democracia —pactada, cautelosa, en la medida de lo posible— las condiciones materiales no cambiaron.. Las mismas poblaciones.. El mismo desempleo.. La misma expulsión silenciosa del contrato social.. La barra permaneció porque la exclusión permaneció.. Mientras el país celebraba acuerdos, modernización y crecimiento, en las periferias se acumulaban rabias que no cabían en la foto.. Caffiero entiende esa dinámica.. Por eso la serie no absuelve a sus personajes ni los

convierte en santos del margen.. La violencia está ahí, dura y real.. Como es.. Sin adornos.. Raza Brava está condenada a incomodar.. Y lo hará apenas se estrene en Chile.. Porque obliga a mirar donde la sociedad chilena suele preferir poner alarma, reja o parte policial.. La serie dice sin decir: antes del cuchillo hubo barrio; antes de la pelea hubo abandono.. Visualmente, la obra tiene pulso.. La cámara no mira desde un balcón moral..

Se mete.. Respira cerca.. Hay población, micro, noche, camiseta, humo, cuchillos, cocaína, marihuana, cancha de tierra, estadio, sangre, traición.. Luis Dubó con una pistola en cada mano y un actuación que no parece ser actuación.. Hay belleza, pero no de postal.. Hay crudeza, pero no pornografía de la miseria.. A ratos recuerda a Ciudad de Dios.. Y Caffiero tiene algo de Gillo Pontecorvo: cuenta lo social como si fuera un thriller, y cuenta los thrillers

como si fueran sociología.. Para mí, la serie funciona porque no grita su tesis.. No quiere convencer de nada a nadie.. Muestra, pero no tiene la pretensión de demostrar una tesis política preconcebida.. Deja que los cuerpos hablen.. Que las cosas sucedan.. En ese contexto aparece el Barti, en un gesto íntimo, diciéndole a su padre que cuando gana Colo-Colo es el único momento en que lo ve feliz.. Al final, Raza Brava no es

una serie sobre fútbol.. O no solamente.. Es una crónica audiovisual sobre la pertenencia cuando todo lo demás falla.. Sobre la amistad.. Sobre la periferia como destino impuesto.. Sobre un país que fabricó exclusión durante décadas y luego se sorprendió de sus consecuencias.. Quizás por eso me cuesta describir Raza Brava.. Porque cuando una serie consigue mostrar lo que preferíamos mantener borroso, el problema ya no es encontrar palabras para describir lo que pasa al

otro lado de la pantalla.. El problema, entonces, es otro: hacerse cargo de lo que esas palabras empiezan a decir.. La ficción de Caffiero recoge algo que estaba tirado en el suelo desde hace años, esperando que alguien se agachara a mirarlo.. Eso hace Raza Brava: se agacha.. Mira.. Quizás por eso, ya en la última escena, un hombre cubierto con la sangre de su amigo, respirando entre cortado en un baño sucio y oscuro,

todavía espera que alguien le dé la respuesta que el país nunca le dio.

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