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Música y danza se unen en “Ma Mère l’Oye” de Ravel

La ROSS y Antonio Ruz llevaron “Ma Mère l’Oye” a escena con coreografías que equilibraron música y movimiento en el Maestranza.

Una idea tan sencilla como peligrosa: dejar que la música y la danza respiren juntas sin máscaras ni adornos que lo expliquen todo.. Eso es, precisamente, lo que se pudo sentir en la propuesta que reunió en el Maestranza a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla con las coreografías de Antonio Ruz, construidas a partir de la música de Maurice Ravel.

La velada partió de una relación ya conocida entre ambos lenguajes.. Ravel compuso primero una música para un dueto de piano con dos niños y, después, esa misma idea tomó cuerpo en una versión orquestal pensada como ballet, estrenada en París en 1912.. En Sevilla, Misryoum pudo constatar que el resultado no buscó imponer una lectura única, sino sostener un diálogo constante entre el foso y el escenario, cuidando con precisión el equilibrio entre orquesta y bailarines.

En este punto, lo relevante no es solo la suma de disciplinas, sino el modo en que se ordenan: cuando música y movimiento no compiten por la atención, el espectador gana tiempo para “ver” la estructura emocional de la obra.

Ruz, coreógrafo cordobés con una trayectoria que ha trabajado con grandes compañías y con músicos de distintas formaciones, planteó una revisión andaluza de un proyecto de vocación familiar.. Ma Mère l’Oye nació en 2018 desde el servicio educativo de un auditorio de Barcelona y, según se ha recordado, ha tenido continuidad en varias temporadas.. Ahora, en esta versión, la propuesta adapta el reparto: los seis bailarines y bailarinas son andaluces o residentes en la comunidad, igual que los dos niños que interpretan el preludio a cuatro manos.

La pieza se articula en siete escenas inspiradas en cuentos infantiles.. Desde La Bella Durmiente hasta el país de Laideronnette, pasando por Pulgarcito, la emperatriz de las pagodas o El jardín encantado, la puesta en escena se apoya en la caracterización a través del movimiento.. Sin vestuario alusivo, ni máscaras, ni utilería, cada personaje aparece definido por gestos y partituras de danza que, con complicidad entre intérpretes, combinan volteretas, giros y una energía clara, alegre y directa.

Aun sin ilustrar la música de manera literal, el público puede reconocer motivos y situaciones: la rueca y el pinchazo del sueño, el juego de migas que acompañan a Pulgarcito o el amor que termina por surgir entre La Bella y la Bestia.. También hubo lugar para momentos de sugerencia, como el juego de sombras que enmarca el primer encuentro entre ambos.

Aquí se entiende por qué este tipo de montaje importa: cuando una obra se sostiene en la claridad del movimiento y en la escucha de la orquesta, lo “infantil” deja de ser una etiqueta y se convierte en una forma de llegar a más gente.

La iluminación tuvo un papel decisivo en varias escenas, apoyando ese tono de refinada sencillez con el que Ruz construye la atmósfera.. El enfoque no se queda en la estética; detrás hay trabajo técnico y una expresividad cuidada por parte de los intérpretes, capaces de mantener la ilusión sin caer en lo efectista.

Además, Misryoum recogió el sentido último de su empeño: Ruz mostró su deseo de que la pieza conecte con el niño que se lleva dentro, con esa magia y esa ilusión que, según plantea, hacen falta en estos momentos.. Y por la respuesta del público, la propuesta pareció encontrar justo ese punto de encuentro.