Soledad en niños: la explicación de la doctora Manuela Pérez Chacón

La doctora en Psicología Manuela Pérez Chacón explica cómo describen la soledad niños y adolescentes: no siempre dicen “soledad”, sino desconexión, miedo y vergüenza.
La soledad en la infancia y la adolescencia rara vez llega con una etiqueta clara. Muchas veces se cuenta con señales emocionales.
Cómo describen la soledad niños y adolescentes
En adolescentes, el lenguaje suele inclinarse hacia la desconexión y la falta de pertenencia: “no encajo”, “nadie me entiende” o “estoy con gente, pero siento que no pertenezco”.. En jóvenes con rasgos de alta sensibilidad, esa vivencia puede intensificarse.. No se trata únicamente de estar acompañado, sino de sentir que existe una conexión auténtica.. Por eso pueden expresar algo tan concreto como “estoy rodeado, pero me siento solo” o “siento que no tengo amigos de verdad”.
Soledad elegida vs.. soledad que duele
La soledad que duele, en cambio, aparece cuando no existe elección.. Nace del rechazo, la exclusión social o la sensación de no ser comprendido.. No recarga: desgasta.. La clave, según su planteamiento, está en cómo se siente la persona dentro de ese momento: si hay control y propósito, o si el vacío relacional se impone desde fuera.
Emociones que acompañan y por qué importa en familia y aula
El miedo suele estar ligado a no quedarse fuera del grupo o a no ser aceptado.. Durante la adolescencia, la pertenencia pesa mucho en la construcción de la identidad: el “encajar” se vuelve una brújula emocional.. La vergüenza, por su parte, puede convertirse en una interpretación personal y peligrosa: muchos jóvenes llegan a pensar que si están solos es porque hay “algo malo” en ellos.. Esa lectura puede erosionar la autoestima con el tiempo.
Además, aparece una sensación de desconexión que se describe como estar lejos de los demás incluso cuando se está presente con otros.. En el caso de jóvenes altamente sensibles, esa distancia emocional puede vivirse con más intensidad, porque suelen captar con gran claridad los matices de las relaciones y, al mismo tiempo, necesitan vínculos significativos.
Lo relevante es que esta mirada no se queda en la teoría: propone que adultos, familias y educadores aprendan a diferenciar entre un niño que busca tranquilidad y un niño que, por dentro, se siente solo.. La intervención emocional y relacional cambia por completo cuando se entiende que no toda retirada significa sufrimiento, ni todo silencio significa desconexión voluntaria.
Hay un punto humano en todo esto.. Una frase, un gesto, una forma de evitar el patio o de apagar el chat pueden estar diciendo más de lo que parece.. Y cuando la soledad no se nombra, a veces el adulto tampoco sabe por dónde empezar.. Por eso la explicación de Manuela Pérez Chacón ayuda a traducir señales: permite pasar de “está bien” o “no pasa nada” a “¿qué está sintiendo realmente?” sin caer en juicios.
Por contexto, su labor se inscribe también en el trabajo con alta sensibilidad: desde la experiencia clínica y desde espacios profesionales, como la presidencia activa en PAS España, que impulsa el abordaje de la alta sensibilidad desde un marco de apoyo y cuidado.. La idea de fondo es que entender la soledad con precisión permite acompañar mejor, antes de que se cronifique y antes de que se convierta en una narrativa personal de fracaso.
Si hay algo que queda después de esta conversación, es la sensación de que la escucha cambia la historia: cuando se distingue entre descanso y dolor, entre elección y vacío, se abre una vía concreta para ayudar.. Y cuando se pone nombre a lo que el niño o el adolescente no consigue decir, se empieza a recuperar conexión, pertenencia y seguridad emocional.