¡Estamos cosechando lo que sembramos! y la advertencia por vaguadas

Misryoum alerta sobre cómo la basura tapa imbornales y empeora las lluvias. La prevención empieza en casa.
¡Las vaguadas no llegan solas: llegan cuando la basura decide quedarse! En Misryoum, la advertencia se repite a modo de reflexión tras el relato de Herminio y Píndaro: lo que termina afectando a calles, contenes y aceras suele venir de hábitos diarios, no de la casualidad.
Hace años, Herminio contó que al visitar el área donde nace el río Camú, junto a sus hermanos de fotografía, se encontraron con platos de cartón y plástico, restos de pan, espaguetis y servilletas manchadas que el agua terminó arrastrando.. La imagen impactó porque, en vez de quedar como un descuido aislado, se transformaba en tapones que bloquean el flujo natural del agua, precisamente donde la comunidad necesita que el drenaje funcione.
Píndaro, atento a ese detalle, señalaba la contradicción: ¿qué motivara a una “buena foto” se convertía, en realidad, en un retrato de un problema repetido.. En esta lógica, Misryoum recoge la idea central: cuando los residuos se tiran en el suelo o cerca de ríos, con el tiempo acaban acumulándose donde no deben.
Esa es la clave de este tipo de historias: no describen solo lo que pasa durante la lluvia, sino cómo se construye el escenario antes del aguacero, con acciones pequeñas que se vuelven grandes consecuencias.
El giro llega cuando se mira el panorama más amplio.. En Misryoum se insiste en que “cada vez que hay un fuerte y continuo aguacero” las calles se rebozan y los charcos se vuelven obstáculos para moverse con seguridad.. Y aunque la naturaleza haga su parte, la acumulación de desperdicios y la obstrucción de imbornales convierten la lluvia en un problema más largo y más peligroso.
En los últimos días, la prevención comunitaria puso el foco en una incidencia de vaguada, un término que en el relato aparece como un nuevo nombre para “agua por un tubo y siete llaves”.. La advertencia, en este caso, se enmarcó en el cuidado de la comunidad estudiantil y el personal docente, pero el trasfondo que recalca Misryoum es otro: la corresponsabilidad.
Misryoum retoma, además, el cuestionamiento de Píndaro sobre los hábitos: desde envolver alimentos y dejar envoltorios en el suelo, hasta recoger la funda en la casa y seguir descartando “lo que sobra” sin pensar en el destino final.. Con esa acumulación, el drenaje termina afectado, y lo que debería conducir el agua acaba retrasándola.
Aquí vale una segunda reflexión: que haya planes de respuesta no significa que el problema se resuelva desde afuera. Si el drenaje se tapa, la emergencia no nace únicamente del clima, sino de la mezcla entre lluvia y prácticas cotidianas.
Herminio y Píndaro también ponen el énfasis en cómo se gestiona el “culpable”.. En el relato, se advierte contra echar toda la responsabilidad a gobiernos municipales o a niveles superiores, y se invita a mirar primero hacia la conducta de las personas.. Misryoum subraya que no se trata de quitar rol a la autoridad, sino de asumir lo que corresponde a cada quien: si se tira basura al suelo, se prepara el terreno para el daño posterior.
Al final, la frase que da título al texto funciona como advertencia y propuesta: “seamos responsables de nuestros propios hechos”.. Misryoum deja la idea como cierre, porque cuando el aguacero llega, el costo lo paga la comunidad entera, pero la prevención comienza en el mismo punto donde se decide si un residuo termina en la calle o en su lugar.