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El enigma Arbeloa en el banquillo madridista

Madrid, 16 de abril. El ambiente en la ciudad deportiva sigue tenso, con ese olor a césped recién cortado mezclado con el peso de la derrota. El Real Madrid ha dicho adiós a la temporada a mediados de abril, casi sin quererlo, y en medio de este escenario, el nombre de Álvaro Arbeloa resuena en cada pasillo. Su continuidad en el banquillo blanco es, a día de hoy, un auténtico misterio.

Arbeloa tomó las riendas en un momento bastante complicado, tras el tropiezo contra el Barça en la Supercopa y con un vestuario que todavía procesaba la salida de Xabi Alonso. El equipo no tenía un rumbo claro y los resultados simplemente no llegaban. Se esperaba que el exjugador pudiera darle la vuelta a la tortilla —o al menos intentarlo—, pero tres meses después, la realidad es bastante distinta.

Los números son los que son, y no invitan precisamente a lanzar las campanas al vuelo. Trece victorias, un empate y siete derrotas en 21 partidos. Siete derrotas. Es curioso pensar que, en enero, el club peleaba por todo, y ahora, en cambio, la distancia con el líder en Liga es de nueve puntos. Es una losa difícil de levantar. Si nos paramos a comparar con el ciclo anterior, las cifras de Alonso eran más sólidas. ¿Se esperaba más del relevo? Quizás sí, o tal vez el problema viene de más atrás.

Luego está su discurso. Recuerdo esa tarde en el Allianz Arena, la sala de prensa estaba inusualmente silenciosa, casi gélida. Arbeloa soltó una frase que me dejó pensando un buen rato: dijo que él no estaba ahí para demostrar su nivel como entrenador, sino para ayudar. Es una forma curiosa de verlo, ¿no? En un equipo que exige constantemente que el técnico mueva los hilos y corrija sobre la marcha, decir que no buscas ganar con tus decisiones suena, siendo sinceros, un poco extraño. Casi como si se quitara responsabilidad, aunque luego admita que no sabe cuánto «sello» tiene su equipo comparado con los de Guardiola o Simeone.

No ha logrado construir la identidad que quería, o eso parece. Lo ha dicho él mismo, es una confesión poco común en este mundillo.

Aun así, no todo ha sido oscuro. Ha recuperado a Vinícius, ha confiado en Güler hasta que el turco brilló en Alemania y le ha dado minutos a canteranos como Thiago Pitarch. Eso cuenta, supongo. El vestuario, al menos, parece respetarlo, que ya es bastante en un sitio tan exigente como este. Pero al final del día, el fútbol es lo que es: resultados. Ahora le quedan siete jornadas —Alavés, Betis, Espanyol, Barcelona, Oviedo, Sevilla y Athletic— para ver si hay algún milagro o si simplemente se confirma lo que todos sospechan. La directiva tendrá la última palabra a finales de mayo.