El dilema del fracking: ¿Soberanía o contradicción en la 4T?

La semana empezó con un ruido raro en el ambiente político, uno que no esperábamos escuchar tan pronto. Resulta que la presidenta Claudia Sheinbaum anunció el pasado 10 de abril que su administración —junto a Pemex— está explorando el uso de fractura hidráulica, o sea, fracking, para extraer gas natural. La idea es, supuestamente, dejar de depender tanto de lo que traemos de Estados Unidos. Es una apuesta fuerte, sobre todo porque nos dijeron durante años que esto no iba a pasar, ¿o quizás sí? La verdad es que el discurso se siente un poco forzado, como cuando intentas justificar algo que sabes que no le va a gustar a la mitad de tu base.
Para “suavizar” el golpe, la Presidenta prometió que un comité científico analizará la situación y dará recomendaciones en dos meses. Según reporta Misryoum, este equipo incluirá expertos en geología y agua. Pero, siendo sinceros, ¿un comité realmente va a detener una maquinaria que ya está buscando autonomía energética a cualquier precio? El contexto es claro: el país consume unos 9 mil millones de pies cúbicos de gas y una buena parte viene de Texas y California. La lógica del gobierno es que esa dependencia es un riesgo de seguridad nacional.
Sin embargo, el tema tiene muchas aristas. Es inevitable recordar que el sexenio anterior se pasó entero jurando que el fracking era el enemigo público número uno. Misryoum ha documentado que, durante años, se prometió prohibirlo constitucionalmente, pero el tiempo pasó y la promesa se quedó ahí, en el aire. Ahora, Luz Elena González, desde la Secretaría de Energía, nos dice que la técnica es necesaria. Es un giro de ciento ochenta grados que deja a más de uno rascándose la cabeza.
El aire se siente denso en los estados donde ya han operado estos pozos. Escuchar a gente como Antonio Hernández, de la Alianza Mexicana contra el Fracking, te hace ver que el problema no es teórico. Él cuenta cómo en Tamaulipas, Nuevo León o Coahuila, los efectos ya se ven desde hace tiempo: agua turbia y sismos que agrietan las casas. Él insiste: no existe el fracking “amigable”. Es una técnica que consume millones de litros de agua, algo que, en un país con sequías constantes, parece una receta para el desastre.
—No sé, quizá la urgencia por el gas nos está cegando ante las consecuencias a largo plazo.
Las organizaciones ambientales lo tienen claro: esto no es soberanía, es profundizar en un modelo que ya está agotado. Dicen que es más de lo mismo, solo que con un nombre nuevo para justificar la infraestructura. La pregunta que queda flotando es si este gobierno realmente podrá cumplir con su compromiso de proteger el territorio o si la necesidad de gas terminará devorando sus propias promesas de campaña. A veces parece que la política se mueve en círculos, regresando a los mismos problemas de siempre. El tiempo dirá si esto es una solución técnica o simplemente otra promesa que se queda en el camino.